Declaracións de Louise Michel no Consello de Guerra trala toma da Comuna de París

VI Consello de guerra (reunido en Versalles).

Audiencia do 16 de decembro de 1871. Sesión contra Louise Michel (nestas datas xa se producira a maioría das matanzas que suporían o asasinato de decenas de miles de comunerxs).

 

Interrogatorio da acusada.

El señor presidente: Ha oído usted los hechos de que se le acusa; ¿qué tiene usted que decir en su defensa?

La acusada: no quiero defenderme, no quiero ser defendida; pertenezco por entero a la revolución social, y declaro aceptar la responsabilidad de todos mis actos. La acepto por entero y sin restricción. ¿Me reprochan haber participado en el asesinato de los generales? A esto responderé que sí, si me hubiera encontrado en Montmartre cuando quisieron que se disparara contra el pueblo.

No habría dudado en disparar yo misma contra aquellos que daban órdenes semejantes; pero una vez prisioneros, no comprendo que les hayan fusilado, ¡considero que este acto es una notable cobardía!

En cuanto al incendio de París, sí he participado. Quería combatir con una barrera de llamas a los invasores de Versalles. No tengo cómplices en esta acción; he actuado por mi propio impulso.

¡Me dicen también que soy cómplice de la Comuna! Indudablemente sí, ya que la Comuna quería ante todo la revolución social, y que la revolución social es el más querido de mis anhelos; mejor aún, me honro en ser uno de los promotores de la Comuna que por lo demás, no tuvo nada nada que ver, que quede claro, en los asesinatos y los incendios: He asistido a todas las sesiones del Ayuntamiento por lo que declaro que jamás se ha tratado en ellas de asesinato o incendio. ¿Queréis

conocer a los verdaderos culpables? Son los agentes de policía, y quizá más tarde se aclararán todos estos acontecimientos por los que hoy encuentran totalmente natural responsabilizar a todos los partidarios de la revolución social.

Un día le propuse a Ferré invadir la Asamblea: proponía dos víctimas, el señor Thiers y yo; porque había hecho el sacrificio de mi vida, y estaba decidida a matarle.

El señor presidente: ¿En una proclama ha dicho usted, que se debía fusilar cada veinticuatro horas a un rehén?

R.: No, tan solo he querido amenazar. Pero, ¿a qué defenderme? Ya lo he declarado: me niego a hacerlo. Ustedes son hombres que van a juzgarme; están ustedes delante mío a cara descubierta; son ustedes hombres, y yo no soy más que una mujer, y sin embargo, les miro de frente. Sé muy bien que todo cuanto les diga no cambiará en nada su sentencia. Por lo tanto una última y sola palabra antes de sentarme. Jamás hemos querido otra cosa que el triunfo de los grandes principios de la Revolución: lo juro por nuestros mártires caídos en el campo de Satory, por nuestros mártires que

aclamo una vez más abiertamente aquí, que un día encontrarán un vengador.

Repito les pertenezco; hagan de mí lo que se les antoje. Cojan mi vida si la quieren; no soy mujer para discutírsela ni un solo instante.

El señor presidente: Declara usted no haber aprobado el asesinato de los generales, y sin embargo, se cuenta que cuando se lo dijeron exclamó usted: «Les han fusilado, bien hecho está».

R: Sí, dije eso, lo confieso (recuerdo incluso que fue en presencia de los ciudadanos Le Moussu y Ferré).

P: ¿Por lo tanto aprobaba usted el asesinato?

R: Disculpe, eso no era una prueba; las palabras que pronuncié tenían por objeto no detener el impulso revolucionario.

P.: También escribía usted en los periódicos. ¿En Le Cri du Peuple, por ejemplo?

R.: Sí, no lo oculto.

P.: Esos periódicos pedían todos los días la confiscación de los bienes del clero y otras medidas revolucionarias parecidas. ¿Eran pues, esas sus opiniones?

R.: En efecto pero tenga usted en cuenta que jamás hemos querido coger esos bienes para nosotros; no pensábamos sino en dárselos al pueblo para su bienestar.

P.: ¿Pidió usted la supresión de la magistratura?

R.: Sí, tenía siempre ante mis ojos los ejemplos de sus errores. Recordaba el caso Lesurques y tantos otros.

P.: ¿Reconoce usted haber querido asesinar al señor Thiers?

R.: Por supuesto. Ya lo he dicho y lo repito.

P.: Parece ser que llevaba usted diversos trajes en la Comuna.

R: Iba vestida como de costumbre; solo añadía una banda roja por encima.

P: ¿No ha llevado usted varias veces un traje de hombre?

R.: Una sola vez: el 18 de marzo. Me vestí de Guardia Nacional, para no llamar la atención.

Han sido citados pocos testigos, ya que los hechos de que se acusa a Louise Michel no han sido negados por ella.

Se llama primero a la mujer llamada Poulain, vendedora.

El Señor Presidente: ¿Conoce usted a la acusada? ¿Sabe usted cuáles eran sus ideas políticas?

R: Sí, señor presidente, no las ocultaba. Muy exaltada, siempre estaba en los clubes? escribía también en los periódicos.

P.: ¿La oyó usted decir, con motivo del asesinato de los generales: «¡bien hecho está!»

R.: Sí, señor presidente.

Louise Michel: ¡Pero si ya he confesado el hecho! Es inútil que los testigos lo corroboren.

Mujer de Botín, pintora.

El Señor Presidente: ¿No denunció Louise Michel a uno de sus hermanos para obligarle a servir en la Guardia Nacional?

R.: Sí, señor presidente.

Louise Michel: La testigo tenía un hermano; yo le creía valiente y quería que sirviera a la Comuna.

El Señor Presidente (al testigo): ¿Vio usted un día a la acusada en un coche paseándose en medio de los guardias, haciéndoles saludos de reina, según su expresión?

R: Sí, señor presidente.

Louise Michel: Eso no puede ser cierto; porque no podía querer imitar a esas reinas de las que hablan ya que quisiera verlas a todas decapitadas, como a María Antonieta. La verdad es que iba sencillamente en coche porque tenía un esguince en un pie a consecuencia de una caída sufrida en Issy.

La señora Pompon, portera, repite todo lo que se contaba a cuenta de la acusada. Pasaba por ser muy exaltada.

Cécile Denéziat, sin profesión, conocía mucho a la acusada.

El señor presidente: ¿La ha visto usted vestida de Guardia Nacional?

R: Sí, una vez, hacia el 17 de marzo.

P.: ¿Llevaba carabina?

R: Eso he dicho, pero no recuerdo bien ese punto.

P.: ¿La ha visto usted paseándose en coche, en medio de los guardias nacionales?

R: Sí, señor presidente; pero no recuerdo con exactitud los detalles de ese hecho.

P.: ¿No ha dicho usted ya que creía que la acusada se encontraba en primera fila cuando asesinaron a los generales Clément Thomas y Lecomte?

R: No hice sino repetir lo que contaban a mi alrededor.

El señor capitán Dailly toma la palabra. Pide al consejo que separe de la sociedad a la acusada, que es un continuo peligro para ella. Retira la acusación de todos los cargos, excepto sobre el de tenencia de armas visibles u ocultas en un movimiento de insurrección.

El abogado Haussman, a quien a continuación se concede la palabra, declara que ante la voluntad formal de la acusada para no ser defendida, simplemente se somete al buen juicio del consejo.

El señor presidente: ¿Acusada, tiene usted algo que alegar en su defensa?

Louise Michel: Lo reclamo de ustedes, que afirman ser consejo de guerra, que se erigen en mis jueces, que no ocultan su calidad de comisión de gracias, de ustedes que son militares y que juzgan a la faz de todos, es el campo de Satory, donde ya han caído nuestros hermanos.

Es preciso aislarme de la sociedad; se les dice que lo hagan; pues bien, el comisario de la República tiene razón. Puesto que parece que todo corazón que late por La libertad solo tiene derecho a un poco de plomo, ¡reclamo una parte! Si ustedes me dejan vivir, no cesaré de gritar venganza, y denunciaré a la venganza de mis hermanos a los asesinos de la comisión de gracias…

El señor presidente: No puedo permitirle la palabra si continúa usted en ese tono.

Louise Michel: Ya he terminado. Si ustedes no son unos cobardes, mátenme…

Tras estas palabras, que han causado una profunda emoción en el auditorio, el consejo se retira a deliberar. Al cabo de unos instantes, vuelve a la sala y, de acuerdo con los términos del veredicto, por unanimidad se condena a Louise Michel a la deportación en un recinto fortificado.

Se hace entrar de nuevo a la acusada, y se le comunica la sentencia. Cuando el secretario le dice que tiene veinticuatro horas para apelar, exclama: «¡No! No hay apelación; ¡pero preferiría la muerte!»

Imaxen que amosa o difícil que é ser muller e revolucionaria. Realmente patético.

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