O traballo non te fará libre: basta de explotación laboral!!

Texto de Raoul Vaneigem: «Tratado del saber vivir para uso de la jóvenes generaciones» de 1967, un dos libros de cabecera de moitas das revolucionarias do maio do 68 francés. Difícil explicar máis claramente o absurdo da esclavitude laboral. Crítica que, 51 anos despois, está incluso moito máis vixente que cando escribiuse.

 

En una sociedad industrial que confunde trabajo y productividad, la necesidad de producir siempre ha sido antagonista del deseo de crear. ¿Qué queda de la chispa humana, es decir, de la creatividad posible, en un ser arrancado del sueño a las 6 de la mañana, zarandeado en los trenes de cercanías, ensordecido por el estrépito de las máquinas, pulverizado y triturado por los ritmos, los gestos carentes de sentido, el control estadístico, y arrojado hacia el fin de la jornada en las salas de espera de las estaciones, catedrales de partida para el infierno de todos los días y el ínfimo paraíso de los fines de semana, donde la muchedumbre comulga en la fatiga y el embrutecimiento?  De la adolescencia a la edad de la jubilación, los ciclos de 24 horas hacen suceder su uniforme desmigajamiento de cristal roto: resquebrajadura del ritmo fijado, resquebrajadura del tiempo-que-es-oro, resquebrajadura de la sumisión a los jefes, resquebrajadura del aburrimiento, resquebrajadura de la fatiga. De la fuerza viva desmenuzada brutalmente al desgarramiento abierto de la vejez, la vida cruje por todas partes bajo los golpes del trabajo forzado. Jamás civilización alguna ha alcanzado un tal desprecio por la vida; ahogada por el hastío, ninguna generación ha sentido hasta tal punto el gusto rabioso de vivir. A quienes se asesina lentamente en los mataderos mecanizados del trabajo, se les ve discutiendo , cantando, bebiendo, bailando, besando;  llenan la calle, toman las armas, inventan una poesía nueva. Ya se constituye el frente contra el trabajo forzado, los restos del rechazo ya modelan la conciencia futura. En las condiciones queridas por el capitalismo y la economía sovietizada, toda llamada a la productividad es una llamada a la esclavitud.

La necesidad de producir encuentra con tanta facilidad sus justificaciones que el primer Fouratié rellenó con ello 10 volúmenes sin ninguna dificultad. Para desgracia de los neo-pensadores del economicismo estas justificaciones son las del siglo XIX, de una época en la que la miseria de las clases trabajadoras hizo del derecho al trabajo el homólogo del derecho a la esclavitud, reivindicando en el alba de los tiempos por los prisioneros condenados a muerte. Ante todo se trataba de no desaparecer físicamente, de sobrevivir. Los imperativos de la productividad son imperativos de supervivencia; ahora bien, en adelante la gente quiere vivir, no sólo sobrevivir.

El tripalium es un instrumento de tortura. Labor significa “pena”. Existe una cierta ligereza cuando se olvida el origen de las palabras “trabajo” y “labor”.

Es inútil esperar de un trabajo en cadena incluso la más mínima caricatura de creatividad. El amor del trabajo bien hecho y el gusto de la promoción en el trabajo son hoy la marca indeleble de la debilidad y de la más estúpida sumisión. Por ello, allá donde la sumisión es exigida el viejo pedo ideológico se abre camino desde el Arbeit macht frei de las campos de exterminio hasta los discursos de Henry Ford y de Mao Tse-Tung.

El proletariado de comienzos del siglo XIX cuenta con una mayoría de disminuidos físicos, de hombres rotos sistemáticamente por la tortura del taller. Las revueltas proceden de los pequeños artesanos, de ciertas categorías privilegiadas o de los sin trabajo, no de obreros agotados por quince horas de trabajo.

Estadísticas publicadas en 1938 indican que una puesta en práctica de técnicas de producción contemporánea reducirían la duración de las prestaciones necesarias a 3 horas por día. No sólo nosotros nos encontramos muy lejos con nuestras 7 horas de trabajo, sino que después de haber deteriorado a generaciones de trabajadores prometiéndoles el bienestar que se les vende hoy a crédito, la burguesía (y su versión sovietizada)  persigue la destrucción del hombre fuera del trabajo. Mañana ésta llenará de aliciente sus 5 horas de usura cotidiana exigidas por un tiempo de creatividad que crecerá en la medida en que podrá llenarlo con una imposibilidad de crear ( la famosa organización del ocio).

¿Quién se ha preocupado de estudiar las formas de trabajo de los pueblos primitivos, la importancia del juego y de la creatividad, el increíble rendimiento obtenido por métodos a los que la adición de técnicas modernas convertirían hoy en cien veces más eficaces? Parece ser que nadie. Toda llamada a la productividad procede de arriba. Sin embargo sólo la creatividad es espontáneamente rica. No es de la productividad de la que hay que esperar una vida rica, no es de la productividad de la que hay que esperar una respuesta colectiva y entusiasta a la demanda económica. Pero, ¿qué más hay que decir cuando se sabe qué culto al trabajo se rinde tanto en Cuba como en China, y con qué facilidad las páginas virtuosas de Guizot podrán intercalarse en un discurso del 1 de mayo?

A medida que la automoción y la cibernética dejan prever la sustitución masiva de trabajadores por esclavos mecánicos, el trabajo forzado muestra su pura pertenencia a los procedimientos bárbaros del mantenimiento del orden. De esta forma el poder fabrica la dosis de fatiga necesaria para la asimilación pasiva de los diktats televisivos. ¿Qué cebo, pues, condenará al trabajo de ahora en adelante? El engaño está agotado; ya no hay nada que perder, ni siquiera una ilusión. La organización del trabajo y la organización del ocio son los brazos de las tijeras castradoras encargadas de mejorar la raza de perros sumisos. ¿Algún día veremos a los huelguistas, que reivindican la automación y la semana de 10 horas, escoger, de una vez por todas, hacer el amor en las fábricas, en las oficinas y en las casas de cultura? Sólo se extrañarían en inquietarían los programadores, los mánagers, los dirigentes sindicales y los sociólogos. Con razón quizás. Al fin y al cabo, en esto se juegan el pellejo.

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