Sobre a desobediencia civil

No comunicado da mani a favor da Insumisa do pasado sábado, houbo un parágrafo que xerou unha certa polémica (anda que nos gusta pouco discutir 😀 ) porque houbo xente que o consideraba terriblemente suave e reformista:

“Din que non cumprimos a lei. É certo. As leis que consideramos inxustas negámonos a acatalas, expoñéndonos a importantes sancións e mesmo a perder a liberdade. Isto chámase desobediencia civil e practicábana outros notorios “delincuentes” e “aproveitados” como  Ghandi,  Thoureau, Mandela ou  Luther King. Eles tamén se negaron a obedecer as leis para tratar de cambiar o mundo, sen máis proveito propio que as multas ou o cárcere. @s políticos deste país tamén desobedecen as leis, só que para forrarse cos cartos de tod@s; logo chámannos a nós vagos, aproveitados e criminais mentres a sociedade aplaude aos ladróns que nos gobernan”.

Curiosamente atopei o mesmo argumento, explicado con máis detalle, nun comunicado de KAOS (colectivo autónomo de Madrid dos anos 90). Aquí vos deixo un fragmento do comunicado. O que queira máis información xa sabe que pode acudir ó Ateneo Libertario Xosé Tarrío, onde temos libros moi guais que falan desta cousas e moito máis, xa sabedes que para xerar tantas polémicas e abrir feridas necesitamos ler moito 😀

Prestar atención ó último parágrafo, lémbrame moito a esa forma de “diálogo” que tantos lles gusta ós mareantes do Atlántico.

 Artigo do colectivo KAOS de Madrid, extraído do libro “Armarse sobre las ruinas”

“El tolerante, a diferencia de Gandhi, predica la no-violencia pero acepta el  monopolio de la violencia del Estado y al mismo tiempo y también a diferencia de Gandhi, predica la no violencia mientras criminaliza la desobediencia civil(…) Son constantes sus peticiones de más “seguridad”, más policía o más eficacia de la actuación de la misma. (…)

Pongamos por caso que alguien propusiera, como medio de acción no violenta contra la pobreza y el paro ( y así está ocurriendo cada vez más) que los parados, de manera pacífica y masiva procedieran a expropiar las mercancías de los supermercados. Una tal iniciativa pone los pelos de punta al tolerante. Porque lo que él realmente predica (tras su catarata discursiva sobre el pacifismo) no es la no-violencia sino el rechazo a la ilegalidad. Es por eso que el tolerante no apela nunca a la desobediencia civil, es por eso que movimientos absolutamente pacíficos como el de la insumisión no interesan al tolerante (…) Por ello, la esencia de la reivindicación tolerante hacia los movimientos sociales de los que dice formar parte y que cada vez más, afirma representar, es la de que dichos movimientos asuman como único cauce el legal institucional(…)

Indudablemente la actitud de Gandhi de animar la expropiación de la sal de las salinas propiedad de la corona británica en la India directamente por los propios ciudadanos indios, en vez de iniciar una campaña de reivindicación institucional mediante recogida de firmas o semejantes, fue un ejercicio de la acción directa tan claro como las acciones armadas del grupo anarcosindicalista “Los Solidarios” de Durruti y compañía contra los responsables del pistolerismo patronal de los años veinte españoles. Y se trató de acción directa no violenta. Es decir, el concepto de acción directa contra lo que afirma una y otra vez el tolerante nada dice en principio sobre el uso de la violencia. Su utilización o no, vendrá ligada a las condiciones  en las que se mueve el conflicto concreto en el que esta se practica, el grado de violencia institucional al que se enfrenta y el discurso estratégico mismo de quien la realiza. Porque lo que realmente afirma la acción directa es la inutilidad de la mediación, desenmascarando la parcialidad esencial de su pretensión de objetividad. La acción directa, en sí, no es sino la recuperación de la libertad de los sujetos sociales sometidos para defender sus propios intereses. (…)

Por eso la acción directa, sueño del pueblo dominado, es la pesadilla del tolerante. Quienes pretenden modular los deseos sociales para garantizar que su confluencia se produzca en el estrecho espacio delimitado por lo “políticamente correcto”, es decir, por el respeto a lo esencial del sistema político-económico realmente existente, no pueden ni deben permitir que tales deseos se expresen de manera autónoma y directa, ya que su función es realizar la única interepretación oficialmente admitida de los mismos. Por ello cuando el débil desarmado ante el bruto armado desecha la negociación y no admite mediadores, el tolerante más que nunca asustado, le califica de tenaz, irracional, intolerante y violento. Pero es que el débil sabe que lo único que se negociará en esas condiciones son los términos de su rendición incondicional y por tanto su derrota.

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