Marea Atlántica, eu xamais recoñecerei a lexitimidade do voso goberno!

Non, Claudia, Xiao e demais mareantes. Négome a recoñecer a lexitimidade do voso goberno e négome a recoñecervos como interlocutores válidos para calquer tipo de negociación. Négome, non só porque traizoásedes tódolos vosos principios, formando goberno tras pactar co PSOE ao que dicías combater e incumprindo tódalas vosas promesas electorais, senón porque non recoñezo a lexitimidade de ningún goberno, xa sexa imposto polo despotismo das armas ou sexa imposto polas non menos despóticas urnas.

Aquí déixovos un breve fragmento de Kropotkin que ben farían en ler certas persoas para aprender algo e non facer tanto o ridículo cada vez que abren a boca!

Fragmento de el gobierno representativo de Piotr Kropotkin

Los defectos de las Asambleas representativas no nos extrañarán, en efecto, si se reflexiona un momento sobre el modo de reclutar a sus miembros y la forma como funcionan.

¿Necesitamos hacer aquí la descripción del cuadro antipático y profundamente repugnante de las elecciones? En la burguesa Inglaterra y en la democrática Suiza, en Francia como en los Estados Unidos, y en Alemania como en la República Argentina; la triste comedia de las elecciones, ¿no es en todas partes la misma?

¿Necesitamos contar cómo los agentes electorales preparan el triunfo de su candidato? ¿Cómo mienten, sembrando a derecha e izquierda promesas de todas clases, políticas en las reuniones públicas, personales a los individuos directamente? ¿Cómo penetran en las familias, halagan a la madre, adulan al padre, al hijo, acarician al perro asmático y pasan la mano sobre el lomo al gato del elector? ¿Cómo se esparcen por los cafés a la caza de electores, entablando discusiones hasta con los menos expansivos, cual vulgares timadores, para arrancar el voto por un procedimiento parecido al del entierro o el de los perdigones? ¿Cómo el candidato, después de hacerse desear, se presenta a sus queridos electores con amable sonrisa, mirada modesta, voz zalamera, como una vieja portera de Londres que procura simpatizar con su inquilino con dulce sonrisa y evangélica mirada? ¿Necesitamos acaso enumerar los falsos programas, mentirosos todos, igual si son oportunistas como si son socialistas revolucionarios, en los cuales el mismo candidato no cree por inocente que sea y por poco que conozca el Parlamento, aunque los defiende no obstante con ampulosa verbosidad, voz sonora y sentimental, con alternativas de loco o cómico de la legua? La comedia electoral no se limita solamente a cometer toda clase de engaños, timos y rufianerías, sino que a todas estas hermosas cualidades que le son propias añade las de “representantes del pueblo en busca de sufragios y de momios que lo redondeen”.

Tampoco necesitamos exponer lo que cuestan unas elecciones; los periódicos nos informan lo suficiente sobre el particular. ¿No sería ridículo exponer la lista de los gastos de un agente electoral, en la que figuran cocidos con chorizo y carne de carnero o de ternera, camisas de franela, decalitros de vino y otras bebidas? ¿Nos es acaso necesario sumar el total que representan las tortillas de patatas y huevos podridos con las que se confunde al “partido adversario”, los carteles calumniosos y las maniobras de última hora, en las que se halla condenada toda la honradez y sinceridad de las elecciones en todo el mundo parlamentario?

Y cuando el gobierno interviene ofreciendo colocaciones al que más dé, pedacitos de trapo con el nombre de condecoraciones, estancos, protección para el juego y el vicio; su prensa desvergonzada, sus polizontes, sus tahúres, sus jueces y sus agentes entran en funciones y… ¡No, basta! Dejemos este cieno; no lo removamos. Limitémonos sencillamente a exponer esta cuestión: ¿existe una pasión humana, la más vil, la más abyecta, que no se ponga en juego en un día de elecciones? Fraude, calumnia, vileza, hipocresía, mentira, todo el cieno que yace en el fondo de la bestia humana; he ahí el hermoso espectáculo que nos ofrece un país civilizado cuando llega un período electoral. Así es y así será mientras haya elecciones para elegir amos. Suponed un mundo nuevo, todos trabajadores, todos iguales; que un día se les ponga en la cabeza nombrarse un gobierno, que la locura autoritaria los trastorne, e inmediatamente la sociedad volverá al actual estado de cosas. Si no se distribuye vino y no vuelcan pucheros, se distribuirán adulaciones y mentiras equivalentes a las patatas hervidas y a las bazofias del día de elecciones. ¿Qué otra cosa se puede pretender cuando se sacan a subasta los más sagrados derechos del hombre?

¿Qué se pide a los electores? ¿Hallar un hambre a quien poder confiar el derecho de legislar sobre todo, hasta lo más sagrado; sobre nuestros derechos, nuestros hijos, nuestro trabajo? Pues no debemos extrañarnos de que muchos Robert Macaire, o Chamberlain, adquieran fueros y derechos como personajes reales. Se busca un hombre a quien poderle confiar, en compañía de otros de la misma camada, el derecho de apoderarse de nuestros hijos a los veinte años, o a los diecinueve si le parece mejor, encerrarlos para tres o diez años, según convenga, en la atmósfera corruptora del cuartel; asesinarlos en masa donde quiera y como quiera, promoviendo guerras que el país no tendrá otro remedio que aceptar una vez metido en ellas. Podrá cerrar y abrir las universidades a su gusto, obligar a los padres a que lleven a sus hijos a ellas o bien prohibirles la entrada. El ministro, cual nuevo Luis XVI, podrá favorecer una industria o hacerla desaparecer si tal es su gusto, sacrificar una región por otra, anexionarse o ceder una provincia; dispondrá de millares de millones al año, arrancados del trabajo del obrero, y gozará además de la regia prerrogativa de nombrar el poder ejecutivo; es decir, tendrá el poder, y, mientras esté de acuerdo con las Cortes, podrá ser tan despótico y tirano como el poder de un rey, porque si Luis XVI disponía de un par de docenas de miles de funcionarios y mandaba en ellas, éste mandará y dispondrá de cientos de miles, y si el rey podía robar de las cajas del Tesoro algunos sacos de escudos, el ministro constitucional de nuestros días, en una sola jugada de Bolsa, puede honestamente embolsarse muchos millones.

¡No hay que extrañarse, pues, al ver todas las pasiones puestas en juego cuando se busca un jefe, un amo, para investirle de tal poder! Cuando España sacó un trono vacante a pública subasta, ¿extrañó a nadie el que una porción de filibusteros acudiese de todas partes husmeando tan excelente presa? Mientras la venta de los poderes quede en pie, nada podrá ser reformado; la elección, sea de la índole que fuere, será una feria donde se rifarán las vanidades y las conciencias.

Afortunadamente, la luz empieza a hacerse en tan importante cuestión. El gobierno representativo no es un sistema establecido únicamente en países remotos; ha funcionado y funciona en plena Europa occidental, en todas sus variedades y bajo todas las formas posibles, desde la monarquía liberal hasta la comuna revolucionaria. Aunque algo tarde, empezamos a notar que las grandes esperanzas que nos inspiró en un principio eran infundadas y que tal sistema se ha convertido en un instrumento de intrigas, de enriquecimiento personal y de trabas a las iniciativas populares, al desenvolvimiento ulterior. Nos damos cuenta de que la religión representativa tiene el mismo valor que la de las superioridades naturales y la personalidad de los reyes. Más que eso: comprendemos ya que los vicios del gobierno representativo no dependen solamente de la desigualdad social, sino que aplicado en un medio ambiente en donde todos los hombres tuvieran igual derecho al capital y al trabajo produciría resultados funestos. Y, sin grandes temores a equivocarnos, se puede prever el día en que esta institución, nacida, según la feliz expresión de John Stuart Mill, del deseo de protegerse contra las garras y el pico del rey de las aves de rapiña, cederá su puesto a una organización política cuyo origen no será otro que el dictado por las verdaderas necesidades humanas. Llegaremos a la convicción de que la mejor manera de ser libre es la de no ser representado por nadie, la de no abandonar los asuntos y las cosas en poder de otros, la de no confiar absolutamente nada a la Providencia o a los elegidos.

P.D.: Xiao, moi interesante o escrito do código Teodosiano que nos entregaches, por non falar dos marabillosos planos das covas de Altamira. A próxima vez tenta traernos algo máis actual para que non se note tanto o postureo.

Hai que poñer o corpo por algo nobre de cando en vez, non só para recoller diñeiro e acadar votos.

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